Adam Blues, él pequeño alemán


Hacía frío. La noche amenazaba con caer, él tiritaba y aburrido, sentado en la acera, miraba pasar a los transeúntes con sus caros abrigos de piel y sus zapatos ostentosos. Las narices teñidas de un color rojizo, las luces colgadas de los escaparates y el gran abeto decorado en la plaza Altonaer Balkon solo quería decir que la Navidad había llegado a Hamburgo. Ese verano de 1998 se había hecho largo para todos, el otoño había durado solo tres días y la estación invernal venía ansiosa. La temperatura era de seis grados y empezaría a nevar en pocas horas. La rutina era reconfortante para él. Era lo único que le quedaba.
Tenía hambre, como siempre. Cogió su mochila vieja y se la echó al hombro. Sabía donde calmar su apetito; solo tenía que encontrar a Sabine, no sería muy difícil. Atravesó unas cuantas calles, andaba atento a cualquier indicio de la  presencia de la muchacha. Los edificios grises lo engullían todo, la marea de gente iba disminuyendo poco a poco y en unos cuantos minutos la encontró. Ella ya se marchaba, iba a cruzar la esquina pero él apresuró el paso, ella frenó. Su cara azabache estaba seria y en la mano llevaba una manzana roja que le tendió al instante. El niño la cogió y en cuanto dijo gracias, Sabine se marchó. Aquella niña de quince años le gustaba mucho. Pero él jamás le había dicho nada a nadie. Siempre le daba comida, le ayudaba a conseguir sitio donde dormir o le enseñaba cosas nuevas, como hacer mejores muñecos de nieve, como peinarse o como hacer enfadar a los ancianos del parque en un par de minutos; los que ella tardaba en sonreír. Siempre estaba sonriendo. Era pobre, como él, como Cassie, Dani o Joseph, pero ella siempre estaba sonriendo, menos esa mañana.
Al día siguiente averiguaría que le ocurría. El reloj de la iglesia tocaba las diez justas. Empezó a nevar.

Echó a caminar, esa semana había conseguido quedarse en un hostal si trabajaba gratis. Mejor que el banco del parque pensó. Pasó unas cuantas calles más y allí estaba el hostal pero al entrar tropezó con alguien.
-Eh, que... Oh, Cassie, ¿que haces aquí? – dijo mientras la ayudaba a levantarse. Era una cabeza más alta que él y dos años mayor. Tenía el pelo tan rubio que parecía casi blanco y unos ojos muy pequeños, aniñados, del color de las almendras.
-Te estaba buscando, ha pasado algo.
-¿Qué, que ocurre?
-Es sobre Sabine, tienes que ir a verlo – entonces ella le cogió del brazo y se lo llevó a través de la avenida, pasaron unos minutos cuando ella paró. Él no sabía que decir, por que no sabía que pasaba.
-¿No lo ves?
-Que tengo que ver en el muro del ayuntamiento...
-Fíjate un poco tonto – él negó con la cabeza, solo veía unos carteles de cine y musicales, nada que le llamara la atención. Entonces la niña le señaló con el dedo, y la vio. Sus ojos enormes, el pelo rizado y su dulce sonrisa, esa que le recordaba a los dulces de navidad. Era Sabine. Intentó descifrar las letras bajo el cartel, pero no sabía leer. Cassie seguía expectante y entonces habló:
-No sé desde cuando está puesto pero sí que es ella. Pone que la buscan, que es huérfana como ya sabemos y hay un número, por si alguien la ve. Pero la llaman Damayah S. Portland. La S será de Sabine. – él no sabía que decir, todo era muy confuso, ella continuó hablando - Deberíamos ver a Sabine, contarle todo, y que ella nos diga algo. Quizás no ha visto el cartel y no sabe nada. Mañana
la buscaremos, es ya muy tarde. Hasta mañana.
Observó como se marchaba, Cassie era la última persona que había conocido, ella llevaba solo unos meses en la ciudad pues siempre iba de país en país con su hermana mayor. Le gritó adiós antes de que cruzara la calle. Esa fue la última vez que la vio.
Se fue sonriente al hostal, saludó al dueño, que estaba descansando tras el mostrador con un cigarrillo apagado en la boca, y se fue al cuarto del material y se acomodó en el rincón junto con las sabanas y cojines, ya no hacía frío. Y empezó a pensar en Sabine, o Damayah...  Recordó el día que la había conocido.
Hace no mucho tiempo, se la encontró en el parque, junto con Joseph, ella llevaba ropa desgastada y una libreta en la mano. Saludó a Joseph y observó a la chica, era tan diferente. No paraba de escribir y entonces Joseph o “riese” como le gustaba decirle, empezó a hablar.
-Esta es Sabine, no habla y no me quiere decir por qué. Solo escribe en el cuaderno, según ella no recuerda como llegó aquí ni nada. Solo que está buscando algo y no sabe qué. Dice que se siente confusa... No sé que decirle.
Asintió, Joseph miraba el cuaderno. Le encantaban las letras, era él único, junto con Cassie, que sabía leer. Tendría unos diecisiete años. Era moreno y muy alto, odiaba la política y el arroz. Entonces ella levantó la mirada, tenía los ojos más dulces y cálidos que jamás había visto, parecía caramelo derretido. Lo miró de tal manera que le hizo sentir culpable, por todo lo que había hecho, robar, pegar, romper... Se sintió extraño y se marchó. Ni siquiera le dijo nada. Ella sonrió, ella sabía que él era especial, siempre lo había sabido.
Él sabe que Sabine no dice nada por que piensa que las palabras son demasiado importantes, Sabine hace que él cambie. Él se siente mejor persona con ella, en realidad, desde que ella llegó él ha cambiado mucho. Ahora es mejor. Él sabe como hablar con Sabine, él sabe como leer su mirada.
Ahora cierra los ojos y duerme, con el sonido de la caldera en sus oídos.

-Despierta, despierta.
-Eh, pero ¿Joseph, que haces aquí?
-Ha ocurrido algo, vamos, vístete. Tengo que hablar contigo.
-Pero, ¿qué dices? No entiendo nada. – Joseph se limita a urgirle con la mirada.
En cinco minutos están los dos en marcha, el frío de la madrugada los encuentra, y sin piedad, intenta congelarlos. Él tirita, Joseph le tiende su bufanda.
-¿Me vas a contar que pasa?
-Sí. Tienes que creerme, y no hacer preguntas... – Joseph le mira vacilante, frunce tanto el ceño que sus cejas casi se rozan. Él asiente – Anoche se llevaron a mi hermano a un centro de acogida, Cassie se ha marchado hace unas horas y... Es Damayah, ella...
-Se llama Sabine – le interrumpió.
-¿Pero sabes lo de los carteles, no? Cassie te lo enseñó...
-Sí lo sé, pero ella es Sabine. Para mí lo es...
-Claro chico, es que ella, se ha ido.
-“Mist” Dios, ¿pero qué? – grita incrédulo.
-Ella me ha dejado una nota, bueno, estaba dirigida a ti. Toma. Es tuya. – miró el papel ennegrecido. ¿Cómo su caligrafía podía también ser tan dulce? – Y un cuaderno, es para aprender a leer. Parece que le importabas de verdad. Adiós amigo.
-Joseph, ¿pero...?
Él ya se había marchado y lo había dejado solo con mil preguntas, un cuaderno, y una nota indescifrable.

Esa navidad fue fría, la más fría que es capaz de recordar. Él no conocía más mundo que el de su mirada oscura, ni más palabras que sus silencios. La quería pero como se quiere a algo lejano, inalcanzable. Se pasó estudiando aquel cuaderno y mirando aquel cartel mucho tiempo. Trabajó, estudió y la echó de menos. Como si hubiera perdido una parte de él. Como si él se hubiera perdido a sí mismo en algún lugar, en algún momento. La realidad siempre fue algo triste para él, pero nunca tanto.

En la navidad del 2001, con diecisiete años, consiguió leer la nota, su nota, por fin. Lo único que ella le había dejado para recordarla, la única conexión de ella que aún le pertenecía, legítimamente
Adam, siempre he querido que sacaras lo mejor de ti. Que te esforzaras y que fueras mejor, que avanzaras. Siento haberme ido, de verdad. Pero me reclaman en otro lugar. Ya te he enseñado todo lo que sé. Siempre estaré contigo,
volveré para que nos despidamos. Feliz navidad, siempre serás mi pequeño alemán.                                                                        
 ·Sabine      

Y solo entonces, en ese momento, después de tanto tiempo, volvió a sonreír, solo por ella, por su recuerdo. Ahora parecía tenerla cerca. Se guardó la sensación y aquella promesa durante varios días, hasta un día creyó que el viento traía su aroma, luego oyó la voz. Su voz.

-Adam.
Se sorprendió, la voz era totalmente desconocida. El acento no era alemán ni inglés. Era extraño y a la vez dulce, casi musical. Sabía quién lo había llamado, no hacía falta más aclaraciones. Hasta su voz era única, y la primera de sus palabras había sido su nombre, sonrió, a pesar de todo.
Se giró y allí estaba ella, ella y su rostro dorado. La chica que amaba, la que había querido desde siempre, estaba allí delante de él, después de dos largos años. Allí, tan cerca que tenía que ser real.
-Sabine. Pero...
Estaba tan cambiada, tan diferente, su cara se había perfilado, sus pómulos se habían alzado. Su piel seguía siendo tan oscura como su pelo, ahora liso, pero seguía recordándole a la Navidad. Como siempre.
-¿Paseamos? – él asintió, se sacudió la nieve de los zapatos y empezaron a caminar – Adam, lo siento, pero es una historia larga.
-Tengo todo el tiempo del mundo – ella asintió.
-Está bien. En realidad, yo vivo en un pueblo muy pobre, lejos de aquí. Vine huyendo de mi hogar. Huí por cobardía, por pena. Allí, todo está fatal, me sentí impotente y llegué a parar aquí, tras muchos meses. Hice un juramento de silencio, hasta que viera bien el usar las palabras por qué allí nos hacen muchas promesas, pero luego nada. Aquí intenté mejorar, mejorarlo todo, a la gente, a mi, a ti...
Perdoname por haberme ido, pero mi tío me buscaba, por eso los carteles. Me encontró y me obligó a volver. No tuve remedio. Allí, por ejemplo, la Navidad no existe, no hay nieve, ni calor humano, ni caridad ni un remanso de paz en aquella jungla de odio. Yo no podía vivir así, nadie puede. Aquí, es tan diferente, la gente no es tan fría. Aquí pude ser feliz...
-¿Por qué has vuelto?
-Por que te prometí que volvería, y así he hecho. ¿Recuerdas?
-Jamás podré olvidarlo – ella le cogió la mano, era muy cálida. Era casi tan alta como él. Llevaba un vestido largo, de seda, azul, el pelo parecía una cascada negra en su espalda. – Sabes, voy a enseñarte lo que es la navidad para mí...
La llevó a los mejores sitios de la ciudad, se asomaron a las casas, familias felices, amigos pasando el rato. Gente paseando, sonriendo. La llevó a bailar bajo el gran abeto, al ritmo del jingle bells jingle bells que sonaba en la plaza. La vio sonreír de nuevo. La hizo patinar, le regaló miles de ilusiones. La hizo vivir el momento. Intentó hacerla tan feliz como ella le hacía sentir a él. Le enseñó como hacer ángeles de nieve y como “coger prestadas” unas cuantas galletas de crema de la vecina. La hizo observar las estrellas y oír a los niños cantar villancicos. La llevó a la iglesia más bonita de la ciudad, ella rezó un poco. Le mostró como conseguir copos de nieve perfectos y como satisface un poco de calor hogareño tras un día duro de trabajo. Le enseñó la felicidad de tener alguien a tu lado el último día del año. Y ella, con la cara colorada, le enseñó lo que era el cariño. Le besó, fue un beso corto, más de gratitud que de ternura. El sabor llevaba un “gracias” impreso.

-Ves para mí, esto es lo que significa la Navidad; felicidad en estado puro – ella sonrió.
-Gracias, gracias por todo. Adam, sé que vas a cambiar muchas cosas. Sé que vas a seguir esforzándote por ser mejor, y ayudar a los demás, para mi es eso lo que significa la Navidad.
-Para cada uno debe significar una cosa, una cena en familia, estar con los amigos...
-Estar con las personas que amas – sonrieron a la vez.
-¿Es una despedida, verdad? – ella asintió
-Tú me has ensañado que es la Navidad, y yo voy a enseñarle a todo el mundo que esté dispuesto a entenderlo... Necesito hacerlo...
-Lo entiendo – se abrazaron, allí, bajo aquel abeto. Él la besó, otra vez. Ella no le dejó decir te quiero. Ellos sabían que no podía ser, ellos lo aceptaban. Su destino no era ese – Te prometo que haré todo lo que pueda por ayudar, te lo prometo.
-Seré feliz con eso, sabes que yo creo en ti, siempre he creído. Adiós, mi pequeño alemán.
-Adiós mi querida Sabine
Empezó a nevar, y ella se fue, desapareció entre las avenidas, esas que había recorrido bailando con él hacía unas pocas horas, que ahora parecían lejanas. Se marchó con lágrimas en los ojos, dejando atrás todo, se marchó, esta vez sin notas, ni cuadernos, solo con una promesa. Ella se fue, aunque esa vez fue para siempre.


Después de unos años Adam estudió y consiguió publicar un libro llamado El valor de la Navidad y Sabine. Donó los benéficos a una ONG y se dedicó en cuerpo y alma a ellas. Y también la buscó, a ella, pero jamás la volvió a ver. Pero aún le quedaba aquel recuerdo, sus palabras, aquel beso y la Navidad más feliz de toda su vida.



(Premio cuento de navidad 2009 2º puesto)

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